Hay frases que, en el momento en que las escuchamos, parecen un reconocimiento.
Vos siempre pudiste con todo.
Menos mal que estás vos.
Sos la fuerte de la familia.
Muchas personas recuerdan haber escuchado estas palabras desde muy jóvenes. A veces las decía la mamá. Otras veces el papá, una abuela, un hermano o cualquier adulto que encontraba en ese hijo un sostén en medio de las dificultades.
Al principio, esas frases pueden hacernos sentir importantes. Sentimos que confían en nosotros, que somos capaces, que ocupamos un lugar valioso dentro de la familia.
Sin embargo, con el paso del tiempo, algunas personas descubren que detrás de ese reconocimiento también había una carga.
Sin darse cuenta, comenzaron a ocupar un lugar que no correspondía a un hijo.
Se acostumbraron a resolver los problemas de todos, a mediar en los conflictos familiares, a contener emocionalmente a sus padres, a cuidar de sus hermanos o a hacerse responsables de situaciones que excedían su edad y sus posibilidades.
Desde la mirada de las Constelaciones Familiares, cuando un hijo empieza a sostener emocionalmente a los adultos, el orden natural del sistema se altera.
No ocurre porque alguien tenga malas intenciones. En muchas familias sucede como una forma de adaptación frente a momentos difíciles: una enfermedad, una separación, una pérdida, problemas económicos o situaciones que desbordan a los padres.
El niño, desde el profundo amor que siente por su familia, intenta ayudar.
Y muchas veces lo logra.
Pero ese movimiento también puede tener un costo.
Con los años, esa persona suele convertirse en el adulto que siempre está disponible para todos, al que le cuesta pedir ayuda, que siente culpa cuando prioriza sus propias necesidades o que vive con la sensación de que descansar es una forma de abandonar a los demás.
Lo que alguna vez fue una estrategia para sostener al sistema termina convirtiéndose en una manera de vivir.
Las Constelaciones Familiares no buscan encontrar culpables. Tampoco invitan a juzgar a los padres. Ellos hicieron, en la mayoría de los casos, lo mejor que pudieron con los recursos y la historia que tenían.
La propuesta es otra.
Es reconocer que cada miembro de la familia tiene un lugar que le pertenece.
Los padres sostienen a los hijos.
Los hijos reciben de los padres.
Cuando ese orden puede recuperarse, muchas personas experimentan un profundo alivio. No porque dejen de amar a su familia, sino porque descubren que es posible seguir amándola sin cargar con responsabilidades que nunca les correspondieron.
Ser fuerte no debería significar llevar el peso de todos.
A veces, la verdadera fortaleza comienza cuando una persona se permite volver, simbólicamente, al lugar de hijo o de hija.
Y desde allí, mirar a sus padres con respeto, reconocer todo lo recibido y continuar su propio camino con mayor libertad.
Quizá la pregunta no sea si alguna vez fuiste "el fuerte" de tu familia.
Tal vez la pregunta sea:
¿Cuánto de esa fortaleza elegiste realmente y cuánto nació de la necesidad de sostener a quienes amabas?
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