Muchas de las primeras expresiones de amor que recibimos no llegaron a través de las palabras.
Llegaron envueltas en un abrazo, en una manta cuando teníamos frío, en una caricia... y también en un plato de comida.
Mucho antes de comprender qué eran las proteínas, las vitaminas o una alimentación equilibrada, aprendimos que alguien nos preparaba la mamadera cuando llorábamos, que había una sopa caliente cuando estábamos enfermos o que un aroma conocido podía hacernos sentir seguros después de un día difícil.
Por eso, para muchas personas, la comida nunca fue solamente una forma de nutrir el cuerpo. También fue una manera de sentirse cuidados, protegidos y queridos.
Cada familia expresa el amor de una forma diferente. Hay quienes lo hacen con palabras. Hay quienes lo demuestran estando presentes. Y hay quienes encuentran en la cocina una manera de decir aquello que les cuesta expresar de otro modo.
Preparar el plato favorito de un hijo, esperar a que toda la familia se siente a la mesa, cocinar durante horas para una celebración o enviar comida a alguien que está atravesando un momento difícil son gestos cotidianos que, muchas veces, hablan de afecto más que de alimentación.
El problema no está en esos gestos.
El problema aparece cuando, sin darnos cuenta, comenzamos a confundir el alimento con el amor.
Entonces comer deja de responder únicamente al hambre. Puede transformarse en una forma de calmar la tristeza, aliviar la soledad, reducir la ansiedad o llenar un vacío que no tiene relación con el estómago.
No ocurre porque la persona sea débil o tenga poca voluntad.
Ocurre porque, a lo largo de la vida, nuestro cerebro y nuestras emociones fueron asociando determinadas experiencias con determinadas sensaciones de cuidado.
También sucede lo contrario. Hay personas que crecieron en mesas donde la comida estaba acompañada por discusiones, exigencias, silencios o tensiones permanentes. Para ellas, alimentarse puede dejar de ser un momento de disfrute y convertirse, casi sin advertirlo, en una experiencia cargada de incomodidad o de culpa.
Por eso no existen dos relaciones con la comida exactamente iguales.
Cada una está atravesada por la historia de quien la vive.
Desde una mirada sistémica, la alimentación forma parte de los vínculos que nos constituyeron. Las costumbres familiares, las celebraciones, las pérdidas, los rituales y hasta las frases repetidas durante años van construyendo un significado que muchas veces permanece activo en la vida adulta.
No heredamos solamente recetas.
También heredamos maneras de reunirnos, de cuidar, de agradecer y de demostrar afecto.
Y esas formas pueden acompañarnos durante toda la vida, aun cuando ya no vivamos con nuestra familia de origen.
Comprender esta historia no significa cuestionar el amor recibido.
Al contrario.
En la mayoría de los casos, quienes nos alimentaron lo hicieron de la mejor manera que supieron, ofreciendo no solo comida, sino también tiempo, dedicación y cuidado.
Sin embargo, crecer también implica preguntarnos qué lugar queremos darle hoy a la alimentación en nuestra vida.
¿Seguimos comiendo para responder a una necesidad del cuerpo?
¿O, muchas veces, estamos intentando satisfacer necesidades que pertenecen al mundo de las emociones y de los vínculos?
Estas preguntas no buscan generar culpa.
Buscan abrir un espacio de comprensión.
Porque cuando dejamos de juzgar nuestra manera de comer y comenzamos a comprender la historia que la sostiene, aparecen nuevas posibilidades para relacionarnos con la comida de una forma más libre, más consciente y también más amorosa.
Quizá la alimentación nunca deje de estar ligada al amor.
Y eso no tiene por qué ser un problema.
El desafío está en descubrir que hoy podemos seguir disfrutando de una comida compartida, de una receta familiar o de una celebración, sin que el alimento tenga que cargar con la responsabilidad de llenar todas las necesidades afectivas de nuestra vida.
Porque el amor puede expresarse alrededor de una mesa.
Pero ninguna comida, por sí sola, puede reemplazar aquello que solo los vínculos verdaderos son capaces de ofrecer.
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